En Trancoso, la apertura se juega en una envolvente que dosifica luz, aire y privacidad.
A pocos pasos del histórico Quadrado y rodeada por la Mata Atlántica de Brasil, Muxarabi House se posa sobre la pendiente con una calma poco frecuente en la casa de playa contemporánea. La casa no busca imponerse sobre el paisaje ni abrirse por completo a él: organiza dos volúmenes escalonados, una estructura íntegra de madera laminada de eucalipto y una envolvente perforada que hace del clima una parte activa del proyecto.
Diseñada por André Luque Arquitetura, la residencia se deja leer menos como un refugio tropical de imagen expansiva que como un sistema de filtros. La sombra, la ventilación cruzada, la privacidad y el ritmo de la luz no aparecen aquí como correcciones técnicas añadidas al final, sino como la lógica misma de la arquitectura.
Muxarabi House es una residencia de 800 m² en Trancoso, Bahía, diseñada por André Luque Arquitetura sobre un terreno de 1.600 m² junto a la Mata Atlántica. Su rasgo decisivo es una envolvente perforada que regula sol, ventilación y privacidad sin aislar la casa del bosque.
La casa entra en el terreno sin intervenirlo del todo
Una de las decisiones más precisas del proyecto aparece antes de cruzar la puerta. La casa no corrige la pendiente para afirmarse sobre el terreno: se acomoda a ella con una implantación medida que deja que la topografía, la vegetación y la arquitectura negocien su lugar. La pasarela de acceso introduce esa lógica desde el primer paso. Eleva el cuerpo, desacelera la llegada y encadena una secuencia de umbrales donde aleros, celosías, madera y sombra empiezan a graduar la experiencia. Esa manera de entrar anticipa todo lo demás: un proyecto donde la arquitectura, el paisaje, el mobiliario y la artesanía local no funcionan como capas separadas, sino como un mismo sistema de relación con el clima y con la vida cotidiana en Trancoso.
Esa misma contención sigue en la forma en que la casa se posa sobre el terreno. Los 1.600 m² de la parcela se trabajan con una intervención mínima sobre la topografía y la vegetación existente, de modo que los vacíos, los desniveles y las zonas de sombra no aparecen como restos del ajuste técnico, sino como parte de la vida diaria. Entre el bloque social superior y los dormitorios situados más abajo, la pendiente va dejando espacios intermedios que no se sienten como exteriores sobrantes, sino como lugares donde quedarse: circular, tumbarse, esperar a que baje el calor.
El muxarabi deja de ser referencia cuando empieza a funcionar
La casa toma su nombre de su mejor decisión. El muxarabi, reinterpretado aquí como una fachada geométrica de paneles de cemento pigmentado cortados por CNC, no funciona como elemento decorativo de la tradición brasileña. Funciona cuando empieza a hacer trabajo real: recorta el sol, deja pasar el aire, protege la intimidad y convierte la fachada en un filtro cambiante.

En muchas viviendas tropicales, la promesa de continuidad con el paisaje termina resolviéndose con grandes superficies de vidrio y dependencia técnica del acondicionamiento climático. Aquí ocurre lo contrario. La piel perforada reduce la radiación directa y mantiene la ventilación incluso cuando el volumen permanece cerrado. La luz entra tamizada y va dibujando sobre el suelo blanco una secuencia de sombras que marca el paso del día sin necesidad de subrayarlo.
La referencia a los encajes bahianos vuelve la experiencia todavía más interesante: no aparece como ornamento aplicado después, sino como patrón que organiza una condición ambiental. Incluso el acceso principal adopta esa lógica cuando el panel se transforma en puertas pivotantes de gran formato, de manera que la entrada no interrumpe la fachada, sino que prolonga su continuidad porosa.
Una estructura de eucalipto que libera el uso
La estructura completa de madera laminada de eucalipto certificado permite otra cosa menos vistosa y más decisiva: amplitud sin pesadez. Gracias a esos grandes vanos, el bloque social se despliega en una franja de unos 24 metros donde estar, comer y cocinar ocurren sin particiones rígidas, pero tampoco en una indiferenciación total. El mobiliario, la luz y la relación con la terraza van calibrando cada situación.
El pavimento continuo de cemento blanco, desarrollado con artesanos locales, no solo unifica la planta; cambia la manera de recorrerla. Con la sombra del muxarabi cayendo encima y la madera expuesta en la estructura y el cielo, la sala deja de leerse como un escaparate abierto al bosque y empieza a funcionar como una gran galería habitable, una de esas estancias que piden entrar descalzo y quedarse largo rato.
La terraza de Muxarabi House prolonga esa misma lógica hacia fuera. Más que un borde, actúa como mirador techado donde la arquitectura gana continuidad de uso. La piscina en voladizo, a la altura de las copas, lleva esa sensación al límite sin romper la calma general del proyecto. Debajo, aprovechando el espacio liberado por la pendiente, aparece uno de los mejores lugares de la casa: un salón abierto con hamacas, protegido por un techo de palma trenzada y cruzado por la brisa. No hace falta explicar demasiado. Basta imaginar la sombra después de comer.
El interior conversa con Trancoso sin disfrazarse de artesanía
En el interior, André Luque Arquitetura evita dos trampas frecuentes: la neutralidad internacional que podría estar en cualquier costa y el folclore convertido en estilismo. El mobiliario diseñado para la casa convive con piezas hechas por artesanos locales, cestería regional, fibras de palma y textiles ligeros, pero la mezcla no busca “ambientar” la experiencia con una capa pintoresca. Lo que hace es ajustar la escala doméstica del conjunto y acercarlo a una cultura material específica.
Muxarabi House presenta esa decisión que se percibe con claridad en los detalles. Las lámparas de cestería en el comedor, los cielos tejidos en palma, los paneles de madera que integran toalleros e instalaciones en los baños o la repetición contenida de las suites —casi iguales entre sí, apenas diferenciadas por el color de la ropa de cama— van construyendo una casa menos pendiente de la pieza icónica y más atenta a cómo se habita. La suite principal, algo más abajo y orientada al bosque, refuerza esa idea con una apertura total hacia la vegetación y un baño concebido para disfrutar, con deck de madera, bañera y duchas bajo un techo filtrante.
También el paisaje participa de esa misma mesura. El trabajo desarrollado junto a Rulian Nociti, de Land N Citi, prioriza especies nativas de la Mata Atlántica y hace que la casa no parezca rodeada por un jardín impuesto, sino emergiendo de una masa vegetal ya presente. De noche, la iluminación apenas recorta volúmenes, pantallas y troncos. La casa no desaparece del todo, pero deja de reclamar el centro de atención.
Una casa de playa que protege antes de exhibir
Muxarabi House se entiende mejor cuando se la mira menos como una casa tropical abierta de par en par y más como una arquitectura que regula cuánto entra y cuánto se resguarda. Los aleros profundos contienen el sol y la lluvia; la celosía dosifica luz, aire y privacidad; la cubierta ajardinada suma aislamiento térmico y acústico mientras extiende la vida de la casa hacia arriba, como terraza y mirador. Incluso la manera en que reparte sus volúmenes evita que convivir —hasta con catorce personas— convierta todo en una única escena continua.
Ahí es donde la casa se aparta de una idea demasiado repetida de la vivienda de playa: la de abrirlo todo como si el paisaje solo pudiera vivirse sin mediación. Aquí la arquitectura trabaja de otra manera. Deja entrar el bosque, la brisa y la luz, pero los gradúa con la sombra y la distancia suficientes para que el interior conserve frescor, intimidad y un ritmo propio.
