Un objeto que hace del “play” un gesto arquitectónico en casa
El tocadiscos BRICK no llega como un ejercicio de nostalgia, sino como una pregunta bien colocada sobre la mesa: ¿y si reproducir música también fuera una experiencia visual, casi escultórica? El concepto, diseñado por Jexter Lim junto a NextOfKin Creatives (NOK), replantea el tocadiscos como pieza de interior y como ritual cotidiano.
En lugar de esconderse en una repisa, BRICK se comporta como un pequeño “edificio” doméstico: volúmenes claros, colores en contraste y una presencia que organiza la escena del vinilo. Lo interesante no es solo lo que suena, sino cómo el objeto te prepara para escuchar.
BRICK es un tocadiscos inspirado en el diseño Memphis que separa sus funciones en dos volúmenes geométricos, permite combinaciones de color y prioriza integración en el hogar. Convierte la escucha en un acto multisensorial: mirar, tocar, elegir y volver a bajar la aguja como parte del ambiente.
Memphis como actitud: geometría que no pide permiso
El estilo Memphis (y su herencia “neo”) suele resumirse en color blocking, patrones juguetones y un punto de irreverencia. Pero su aporte real está en otra cosa: te da permiso para que un objeto cotidiano sea también un manifiesto. En BRICK, esa actitud se ve en la forma de “romper” la silueta típica del tocadiscos: el conjunto no pretende desaparecer, pretende estar.
La decisión más Memphis aquí no es cromática; es compositiva. El proyecto toma un dispositivo familiar —plato, brazo, controles— y lo reordena como si fueran piezas de una maqueta, con volúmenes que parecen flotar y cortes que enfatizan el contraste entre masa y vacío.
En casa, eso cambia un hábito: donde antes había “equipo”, ahora hay “escena”. El tocadiscos deja de ser fondo y pasa a marcar el ritmo visual del espacio, como cuando eliges una lámpara que no solo ilumina, también define el comedor.
Dos volúmenes, dos roles: el truco está en la separación
La arquitectura de BRICK se entiende en dos piezas principales. Por un lado, un volumen cónico que aloja el plato y su mecánica (motor y polea); por el otro, un pedestal rectangular que sostiene el brazo y los controles. No es un capricho formal: es una forma de ordenar la interacción.
Esa separación hace dos cosas a la vez:
- Clarifica dónde ocurre cada acción (poner el disco, bajar el brazo, ajustar).
- Abre la puerta a un sistema modular de color: si los volúmenes son independientes, también pueden “vestirse” distinto.
La ilusión de “plato flotante” nace justo ahí: el cono parece suspendido dentro del bloque, y el disco queda visualmente elevado. No necesitas tocarlo para entenderlo: lo lees con los ojos.
En la vida diaria, esa lectura inmediata reduce fricción. Llegas, eliges un vinilo, lo colocas y el objeto casi te guía: tu mano va al lugar correcto sin pensar demasiado. Como una buena cafetera: cuando está bien diseñada, el gesto se vuelve automático y agradable.
Interfaz doméstica: el tocadiscos BRICK facilita el uso sin esconder el carácter
En diseño presenta una intención clara: integración en el hogar, diseño de audio compacto, facilidad de uso y almacenamiento de fundas. Dicho así suena técnico, pero se traduce en algo simple: que el vinilo no sea un “setup” que exige tiempo y espacio, sino un hábito posible entre semana.
Hay una tensión interesante: muchos tocadiscos contemporáneos se van al minimalismo silencioso; BRICK, en cambio, apuesta por una presencia que se nota. La clave está en que esa presencia no estorbe. La compacidad y la organización por módulos sugieren un objeto pensado para vivir en una sala real: la mesa del living, un aparador, incluso un rincón de trabajo donde el vinilo funciona como pausa.
Y luego está la idea del almacenamiento: no como “extra”, sino como parte del ritual. Guardar y exhibir fundas es una coreografía: elegir portada, deslizar, apoyar, limpiar, bajar la aguja. BRICK lo enmarca como cultura material, no como simple consumo musical.
Color como personalización: cuando el CMF también diseña la experiencia
BRICK se apoya en un principio potente: si el objeto está compuesto por dos cuerpos principales, el color puede funcionar como sistema. El proyecto habla de combinaciones “infinitas” al mezclar tonos vivos y contrastes entre volúmenes.
Más allá del entusiasmo, hay una idea de fondo muy actual: el CMF (color, materiales y acabados) no es maquillaje; es interfaz emocional. Un bloque cálido con un cono frío cambia la percepción del conjunto: lo vuelve más “pop”, más sobrio, más gráfico o más arquitectónico sin tocar la mecánica.
En casa, esa personalización se siente como elegir una funda para tu teléfono, pero con otra carga simbólica: aquí decides cómo se ve tu ritual. Si el vinilo ya es un regreso a lo tangible, el color refuerza ese regreso con una decisión estética consciente.
Lo que queda del tocadiscos BRICK
El valor de BRICK no depende de que termine o no como producto en tienda; su aporte es editorial: demuestra que un tocadiscos puede ser mueble, atmósfera y objeto de conversación sin renunciar a ser comprensible de usar. Lo posmoderno aquí no es “decoración”; es una manera de reordenar funciones para que el usuario las lea mejor, y para que el hogar recupere un centro: la música como acto compartido.
Quizá por eso se siente tan oportuno: en una época de audio invisible (streaming, auriculares, recomendaciones automáticas), BRICK devuelve peso y tiempo a la escucha. Te obliga, en el buen sentido, a parar un momento.
¿Tú qué prefieres: que el audio se esconda para no “molestar”, o que el objeto declare su lugar en el espacio?
