Duran Lantink convierte la prenda en una estructura tridimensional que desplaza hombros, caderas y escotes más allá de la anatomía
La Alta Costura Jean Paul Gaultier Otoño-Invierno 2026-27 comienza donde el cuerpo deja de ofrecer una medida estable. Un hombro crece hasta adquirir presencia de armadura; una crinolina se separa de la cintura y expulsa tul desde lugares inesperados; el cono abandona el pecho y reaparece como espina. La primera colección couture de Duran Lantink para la casa no viste una figura ideal: construye otra alrededor de ella.
Presentada en París el 8 de julio, la colección exige mirar de perfil, desde atrás y durante el movimiento. Un vestido negro que parece relativamente convencional de frente se transforma lateralmente en un volumen tubular, abre las piernas y deja dos colas de tul suspendidas a ambos lados. La fotografía frontal ya no basta; la silueta se comprende cuando el cuerpo pasa.
La colección de Alta Costura Jean Paul Gaultier Otoño-Invierno 2026-27 es el debut de Duran Lantink en la couture de la casa. Reúne corsetería, sastrería, tules y referencias dieciochescas con exoesqueletos impresos en 3D que desplazan el volumen fuera de la anatomía.
La silueta no envuelve el cuerpo: lo corrige
Lantink trabaja con exoesqueletos flexibles impresos en 3D mediante TPU —poliuretano termoplástico— y PA12 —poliamida termoplástica—. Estas piezas funcionan como armazones: sostienen hombros aumentados, escotes proyectados hacia delante y prolongaciones que no dependen de la caída natural del tejido. El vestido deja de ser una superficie apoyada sobre la piel y adquiere una anatomía propia.
El cuerpo sigue presente, pero como referencia contra la cual ejercer presión. En uno de los procesos más concretos de la colección, el torso del modelo Leon Dame fue escaneado en 3D para producir una carcasa internamente encorsetada y deformada hacia un lateral. No se trata de ocultar la figura, sino de mostrar cuánto puede alterarse su lectura mediante una estructura exterior.
Ese desplazamiento atraviesa siluetas femeninas y masculinas. La corsetería comprime algunos puntos mientras el relleno hace crecer otros; los polisones se alargan como colas de insecto y las crinolinas se vuelven conductos desde los que el tul cae por delante, por detrás o a los costados. La prenda propone su propio eje y obliga al cuerpo a negociarlo.
Una infraestructura rígida cubierta de materia móvil
La construcción se apoya en una fricción precisa entre soporte y superficie. Los polímeros impresos fijan la geometría; el tul, el satén, las plumas, las lentejuelas y los micropliegues reaccionan al paso. En esta Alta Costura , la tecnología no aparece como acabado futurista, sino como una herramienta para decidir dónde nace el volumen y cuánto puede separarse de la piel.
Un vestido rosa flamenco cubierto de plumas incorpora formas tubulares que se funden con el corpiño. Otro, negro y recubierto de lentejuelas, levanta el borde inferior hasta convertirlo en una cornisa alrededor de las piernas. La textura no suaviza la estructura: revela cómo una superficie delicada puede obedecer a una arquitectura incómoda.
La colección también deja ver una negociación de oficio todavía en curso. Lantink trabaja por primera vez con los especialistas de couture de los talleres Jean Paul Gaultier y describe el proceso como un laboratorio en el que ambas partes están aprendiendo a entenderse. Esa fricción explica parte de la energía de las piezas: su vocabulario de cuerpos escaneados y volúmenes desplazados entra en contacto con técnicas capaces de sostenerlos, bordarlos y hacerlos caminar.
Versalles funciona como sistema de proporciones
María Antonieta atraviesa la colección sin convertirse en personaje literal. La referencia aparece en la escala de la ropa de corte, en la dificultad para desplazarse dentro de ella y en la distancia que imponía entre un cuerpo y otro. Lantink recupera esa falta de practicidad como condición de diseño: prendas monumentales que ocupan espacio, interfieren con el movimiento y hacen visible su propia disfunción.
Los interiores de Versalles pasan a la materia. Un vestido toma sus roleos ornamentales del Cabinet Doré de María Antonieta; otro reproduce los ramos florales de los cortinajes de su dormitorio mediante sablé, una dispersión de microcuentas utilizada en el siglo XVIII. Los pantalones capri remiten a los calzones hasta la rodilla del habit à la française, mientras las cintas suivez-moi-jeune-homme, sujetas al cabello, prolongan la figura como el rastro de una procesión.
Los zapatos continúan esa alteración de escala. Salones y mules de satén incorporan tacones pied-de-chèvre y proporciones que hacen parecer el pie ligeramente mayor que el calzado. El borgoña recurrente en la historia de Gaultier se cruza con Bleu de Roy, verde menta, rosa flamenco y tonos de nombres antiguos como cuisse de nymphe. El color construye una corte imaginada, pero la forma impide que esa fantasía se vuelva nostalgia.
El archivo de Gaultier cambia de lugar
El corsé, la chaqueta sastre, el punto Aran y las faldas de tul regresan sin ocupar su posición habitual. El sujetador cónico ofrece el ejemplo más directo: sus puntas migran por el torso y se convierten en protuberancias afiladas, casi defensivas. El código continúa siendo reconocible, pero ya no señala una parte específica del cuerpo. Se ha vuelto una pieza móvil dentro del patronaje.
La misma operación alcanza los materiales del archivo. Una lana de rayas creada para la colección de Alta Costura Les Hussardes de 2002-03 reaparece como peto y traje; una antigua chaqueta de motociclista se desmonta y reconstruye en forma de patchwork. Hasta el perfume Le Mâle entra en escena como un ramo de lavanda blanca bajo la cúpula de cristal de un medallón sobredimensionado.
La herencia neerlandesa de Lantink añade otro sistema ornamental. Los Zeeuwse Knopen, botones de filigrana asociados al traje tradicional de Zelanda, aumentan de tamaño, se multiplican y suben hasta el cabello. Fabricados en metal galvanizado plateado o dorado, dejan de funcionar como cierres y pasan a proteger la cabeza como una coraza. El adorno se vuelve estructura; la tradición, volumen corporal.
La prenda aprende a ocupar el aire
Estos desfiles ya no pueden reducirse a una sucesión de imágenes frontales. La colección necesita el giro del torso, el intervalo entre una cola y la espalda, la sombra que deja una cadera artificial al cruzar la pasarela. Cada look diseña una porción de aire alrededor de quien lo lleva y convierte esa distancia en parte de la prenda.
La disfunción buscada por Lantink no rechaza el cuerpo ni pretende mejorarlo. Lo vuelve inestable. Entre exoesqueletos digitales, corsetería manual y formas tomadas de la corte francesa, la Alta Costura Jean Paul Gaultier Otoño-Invierno 2026-27 desplaza la pregunta desde cómo debe verse una figura hacia cuánto espacio puede reclamar una prenda antes de dejar de obedecerla.
