EL PUENTE Q’ESWACHAKA DEL RÍO APURÍMAC.

El puente Q’eswachaka del río Apurímac.

El puente Q’eswachaka del río Apurímac. En la región del Cusco en Perú, una tradición Inca centenaria única continúa hasta nuestros días. Cada año durante la segunda semana de Junio, cientos de lugareños se reúnen para construir un nuevo puente Q’eswachaka sobre el río Apurímac, lugar recóndito de los Andes.

Una espectacular obra de in­­geniería andina de 28 metros de largo y 1,20 de ancho que persiste pese a la modernidad y que en 2013 fue incluida en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco.

Las las técnicas y los rituales vinculados a su renovación se han transmitido de generación en generación desde la época del Imperio inca, entre los siglos XV y XVI, hasta nuestros días. Usando solo fibras naturales y una gran dedicación y trabajo en equipo, la comunidad derriba el puente del año anterior y construye uno nuevo en una épica hazaña de tres días.

 

Tradición ancestral.

Una tradición que para las comunidades campesinas de Huinchiri, Chaupibanda, Choccayhua y Ccollana Quehue ha subsistido durante más de cinco siglos gracias a la mediación de la divinidad. “Si no construimos un nuevo puente cada año, nos arriesgamos a provocar la ira de la Pachamama (Madre Tierra en quechua) y de los apus (fuerzas tutelares de la naturaleza)”, dice María Quispe, una anciana de 60 años que participa desde su niñez en tal misión. “Lo usemos o no, nos exponemos a sufrir catástrofes naturales que pueden arruinar nuestras cosechas de papas, habas, trigo o cebada, e incluso a desdichas como la enfermedad o la muerte”.

Cuando se llega a la edad adulta, se está obligado a participar en esta tradición enraizada en una vieja costumbre precolombina aún vigente en diversos países latinoamericanos: las minkas, o trabajos comunitarios que se emprendían en beneficio de toda la colectividad, como el mantenimiento y la reparación de los tramos del Qhapaq Ñan que discurrían cerca de sus hogares. Tal y como hicieron sus antepasados, casi un millar de quechuas dispersos en las laderas de las montañas se ocupan aún de la conservación del Q’eswachaka. No obstante, la tradición pierde paulatinamente adeptos.

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